Ni horas, ni días, ni semanas, ni meses… Mi medida del tiempo favorita es una frase, “cuando menos te lo esperas”. Me encanta el factor sorpresa con regusto a ilusión; esa llamada que interrumpe tu rutina y te devuelve la esperanza, que va y viene, pero se mantiene; los “quizás” que más adelante acabarán convirtiéndose en un rotundo “sí”, sin titubeos, sin medias tintas, benditas dos letras; las visitas de amigos que viven lejos, que un día no aguantan más, se compran el billete y otra vez están ahí, como si siguieran a tu lado a diario, como si nunca hubieran dejado ese hueco imposible de llenar.

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Siguiendo con las alegrías inesperadas, vamos a fijarnos en el calendario. ¿Cuántos días tienes señalados? ¿Cuántos fines de semana, reservados para ir a algún sitio? ¿Cuántos cumpleaños que recordar y aniversarios que no debes pasar por alto? Bien, pues ahora fíjate en aquéllos que no tienen un triste círculo rodeándolos, son la mayoría ¿verdad? Créeme que más de uno será especial, que conocerás a gente por la que no tendrás más remedio que grabarte a fuego esa fecha o simplemente disfrutarás de tus amigos de toda la vida, haciendo lo de siempre. Y, es que, aunque ahora te resulten indiferentes determinadas combinaciones de número y mes, es posible que el año que viene aparezcan marcadas en rojo en tu calendario particular.

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Es extraordinario saber y querer esperar, tener al menos una persona con quien compartir tus alegrías y tus frustraciones, porque así se hará más corto el tiempo de espera y más largo el de las celebraciones. Es una enorme suerte tener la certeza de que no eres el único que confía en que te suceda algo bueno, resulta que muchas veces ese sentimiento es compartido por más gente de la que crees. Es una maravilla que haya quien sonría mirándote cuando eres tú el que triunfa, que te presten ayuda sin esperar nada a cambio, que te feliciten cuando haces las cosas bien y te perdonen sin necesidad de que te disculpes cuando te equivocas…

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Merece la pena confiar, tener fe, creer que vamos a llegar, porque esa actitud le dará sentido a todo y ponernos en camino no nos resultará un esfuerzo, será más bien una sana costumbre. Mantén los ojos bien abiertos, y el corazón y el alma en alerta. Pero, sobre todo, que no te entre prisa, ten presente que la impaciencia no es buena consejera.

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El mejor regalo que te pueden hacer cuando acaba un día es una buena dosis de esperanza, necesaria para afrontar el siguiente, que no se agote. Además, yo te pregunto -y me pregunto- ¿a qué viene esa urgencia, no es cierto que tenemos toda la vida?

@RocioLacave

12 thoughts on “Buena dosis de esperanza”

  1. cada párrafo una sonrisa y cada una de ellas más grande que la anterior! cuanta verdad y optimismo transmites!! enhorabuena por tu trabajo!! espero siempre impaciente un nuevo post 🙂

  2. Me ha encantado toparme con tu blog. Lo hice hace ya unos meses, y hoy me he subscrito. Yo antes era como tú: optimista. Desde hace un tiempo algo ha cambiado y estoy pasando una mala racha… es muy desagradable. Ahora mismo lo único que quiero es volver a ser la que era; iré leyendo tú blog para que me de fuerzas 🙂

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