“Los niños siempre dicen la verdad”. ¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase? Resume a la perfección la simplicidad, la honestidad involuntaria que todos tenemos a esa edad y, en definitiva, una sinceridad arrolladora que, en ocasiones, se pierde con los años.

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Porque los niños no se complican, ríen cuando lo sienten y lloran cuando algo se tuerce. Cuando crecemos, muchas veces aguantamos la risa porque puede resultar inapropiada en ese momento, sin darnos cuenta de que ese instante no volverá y esa carcajada se pierde sin remedio. ¿Y el llanto? Con lo que relajan unas simples lágrimas, realmente no tiene sentido que nos permitiéramos llorar por perder un juguete y reprimamos el llanto a una edad, en la que seguramente lo necesitamos más para liberar tensiones… Las sonrisas se valoran más después de un buen berrinche.

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Con lo anterior queda claro que los niños, para bien o para mal, no disimulan. Un abrazo de uno de ellos vale más que cualquier palmadita en la espalda de un adulto, la confianza que ponen en sus padres es total, no tienen dobleces ni prejuicios, sus sueños son mucho más alcanzables que los de tantos mayores… Y, por tanto, sus frustaciones son menos.

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La sencillez, las buenas intenciones, la inocencia, la confianza en los que nos rodean, la capacidad de sorprenderse ante lo cotidiano, la percepción que tienen de la lealtad, la fe en uno mismo, las ganas de disfrutar… Que no perdamos nada de esto, a pesar de que la realidad se empeñe en que eso ocurra. Que la cara siga siendo el espejo del alma, que tengamos la misma capacidad que ellos para olvidar, para no guardar rencor, para seguir disfrutando en el parque a pesar de que otro se nos haya colado en el tobogán…

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Siempre hay tiempo de crecer y está bien tomar conciencia de la realidad, no quiero ser una insensata… Pero qué bueno sería poder mantener la “inocencia tan graciosa que cambia el nombre de las cosas”, como decían Los Secretos en su temazo, “Volver a ser un niño”. Porque, de pronto, todo puede ser tan sencillo…

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