Y, de repente, se cumplen los sueños… De repente dos pasan a ser tres, después de nueve meses de espera la familia al fin estará completa. Y yo siento su alegría como la mía propia porque son grandes personas, porque siempre me han hecho partícipe de su historia y no se me ocurre mejor final de un capítulo -y comienzo de otro- que una nueva vida.

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Las preocupaciones se mezclan con ilusión a raudales, y en su caso yo sé que la balanza se inclinará hacia lo segundo, porque los dos tienen ese optimismo innato que les hace ser unos auténticos disfrutones. Van a coger una mano que ya no les soltará, que apretará fuerte en algunos momentos y en otros intentará aflojar, pero que seguirá el camino que ellos marquen, bonita responsabilidad -supongo que la mejor-.

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Y ella llegará lejos, estoy segura, porque sus padres han recorrido muchos kilómetros hasta llegar al lugar en el que se encuentran ahora -en todos los sentidos-; porque son de ese tipo de personas que no conocen limitaciones de ningún tipo y, por eso, yo les admiro. El carácter se hereda y se forja a lo largo de los años, pues bien para la primera parte no se me ocurre mejor combinación que un poquito de cada uno.

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No darán abasto recibiendo cariño y felicitaciones estos días, la alegría compartida es una de esas cosas por las que merece la pena vivir. Y ahora sé que van a bordar el papel de sus vidas de la mano, como lo hacen todo, mirando de frente y sin miedo, porque un día ella tarareó aquello de “si quieres las estrellas vuelco el cielo, no hay sueños imposibles ni tan lejos…” Y al fin encontró con quien “volverse como una niña, sin miedo a la locura, sin miedo a sonreír”, como dice la canción.

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Han ganado, se van a apuntar una victoria que sin duda cambiará su mundo… ¡Bienvenida sea!

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